¿Os habéis preguntado alguna vez el significado de “ser
como el agua”? Siempre que algo nos atormenta, en parte, nos hace ser
infelices. Es algo que perturba nuestro estado de ánimo. A veces, cuando se
presenta ante nosotros un problema de gran envergadura, ni siquiera somos
capaces de ver una salida, una posible solución, cuando la verdad es que sí que
la hay. Únicamente está en nuestra voluntad encontrarla o no, ya que todo tiene
una solución en mayor o menor medida. De lo contrario significaría que el mundo
para nosotros ha dejado de girar y el tiempo se ha detenido. Ese sería sin duda
alguna nuestro final. Pero este es un tema que me gustaría abordar en más
profundidad debido a su gran complejidad.
Cuando se presentan estos problemas, ¿Qué es realmente
lo que nos perturba, lo que nos hace perder el sueño, lo que altera nuestras
pulsaciones, lo que hace que poco a poco entremos en una cadena de declive?
Simplemente, nosotros.
Nosotros somos el punto de partida de nuestros
problemas. Todas las adversidades que se nos presentan dependen de nosotros, de
nuestra manera de ver las cosas. Nuestros problemas cobran mayor o menor
complejidad según la importancia que les demos. Únicamente, nosotros mismos
decidimos cuán grande es ese problema. Está en nuestra voluntad hacer de algo
un problema o no. Somos nosotros quienes creamos nuestros problemas.
Citaré entonces una frase que aparece en el libro “Hagakure”
(A la sombra de las Hojas) de Yamamoto Tsunetomo. – “Hay pocos problemas
realmente importantes, sólo se presentan dos o tres en toda una existencia”.
Esto es así. Sin más, lo que nos dice Yamamoto Tsunetomo es que en la vida se
nos presentan cientos de problemas, miles o quizás cientos de miles. Pero lo
que es verdad es que al final los superamos todos, a veces con éxito a veces
con menos éxito. Pero si seguimos aquí, delante del ordenador leyendo y
pensando y somos capaces de recordar algún problema que hayamos tenido
anteriormente, nos daremos cuenta que al final, aquel día trágico que parecía
no tener solución ha pasado y ese problema que era de tanta importancia ha
dejado de tenerla y, es ahora un nuevo problema el que cobra tal complejidad.
Pero este nuevo problema no difiere nada del anterior. Llegará el día, y
habremos pasado por encima de él o lo habremos atravesado, o quizás tropecemos
y caigamos. Pero el tiempo es como una cinta transportadora que sigue avanzando
in parar y aunque la caída sea dolorosa no tenemos más remedio que levantarnos
y caminar. He aquí que un problema imposible de resolver ya no parece tan
complejo. Me gustaría dedicarle más tiempo a escribir acerca de la relatividad
de los problemas de uno, y me he visto obligado a hacer una breve introducción
debido a que el tema de hoy está estrictamente ligado.
Los problemas se hacen más fuertes dependiendo de la
resistencia que opongamos a ellos. La vida, con el tiempo avanza cual cauce de
un río, y a veces, nos vemos arrastrados hacia algún obstáculo. En ese momento
tenemos dos opciones, tensarnos, endurecernos y hacer que la colisión contra ese
bache sea dura y violenta o bordearlo y acariciarlo como si nada.
El agua es un elemento que cambia de forma de manera
constante. A veces es dura y choca violentamente contra las rocas del camino e
incluso pude ser capaz de romperlas. A veces, simplemente las sobrepasa
acariciando, las bordea por todos los lados, y como en la vida, las deja atrás
sin darle la menor importancia.
Cuando algún problema nos atormente y perturbe nuestra
felicidad, debemos ser como el agua. Solo nosotros decidimos si sortearlo o
chocar contra ello.

Hay ciertas situaciones en la vida que nos desbordan y nos resulta difícil mantener la serenidad. Aceptar los problemas tal como vienen es una tarea muchas veces compleja, pero necesaria. Requiere de trabajo constante.
ResponderEliminarSi nuestro cuerpo y mente fueran flexibles como el agua se podrían adaptar a cualquier cosa porque el agua no tiene forma. Es una capacidad que se puede entrenar y tenemos toda una vida para entrenarla!